
Hace pocos días fui al cementerio, se cumplía un mes de la muerte de mi tío Carlos, hermano de mi madre. Sus familiares más cercanos nos hicimos de un rato para participar de la ceremonia religiosa, pero más que nada para recordarlo y homenajearlo de alguna forma, ahora que pasó al descanso eterno.
En ese lugar me encontré con los primos de mi vieja, y también con los míos, y otros allegados a los que no veo casi nunca.
Y a pesar de esa escasa frecuencia con que nos cruzamos, me sentí como en casa. Fue raro experimentar ese calor de hogar en medio del descampado y el silencio desolador de un campo santo. Como pocas veces antes, tomé conciencia de la importancia de tener una familia. No es porque no lo considerara importante antes, sino que tal vez no me detenga a pensar en eso habitualmente.
Familia como grupo de pertenencia. Abrazar una tía gorda y sentir por un momento que te cruza media vida por la mente en un segundo, viajando en el mismo perfume que usa desde que eras chiquito, y te traía un chocolate, y te dejaba marcado en la mejilla el mismo beso de rush que me dejó el otro día, treinta años después.

Por qué será que surgen esas sensaciones... en esos momentos tan particulares... Será que uno esta más permeable a los sentimientos?
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