miércoles, 24 de noviembre de 2010

¡Tengo un plan!


Estos días hablaba con Paula, mi esposa, sobre la importancia de tener un plan de vida. Afortunadamente, ella no estaba de acuerdo, lo cual siempre me resulta enriquecedor porque me plantea otra mirada posible del mismo tema y me invita a pensarlo más detenidamente.
Creo que es saludable para una persona, una pareja o una familia tener un plan. Y con tener un plan me refiero a definir una serie de objetivos a cumplir en un tiempo determinado. Como cualquier otro plan, es importante que sea factible, es decir, que pueda realizarse con los medios de que se dispone o que se pueden conseguir, como es el caso del financiamiento bancario, por dar un ejemplo.
Tener un plan genera entusiasmo, alínea expectativas, unifica y enfoca los esfuerzos y suaviza las derrotas (mal de muchos...)
Eso pensaba yo. Pero ella, con esa simplicidad maravillosa que derriba mis argumentos como si fuesen castillos de naipes, me explicó que desde su punto de vista, a diferencia de los planes que yo hago en mi trabajo todos los días, los de vida resultan ser bastante poco útiles, dado el enorme grado de incertidumbre propio de la experiencia vital. Y me instó a vivir sin plan, o con planes chiquitos, de esos que se pueden lograr a muy corto plazo, y con tasas de efectividad altísimas.
Todavía no llegué a una conclusión definitiva, pero quería dejar registro de esto porque me parece interesante.
Si alguien tiene algo que aportar, bienvenido sea. Los comentarios están abiertos.
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