
Es notoria para mí la forma en la que varío en mis pensamientos y convicciones. No he logrado establecer un vínculo fuerte con ninguna idea política, sin ir más lejos. En ocasiones lo atribuyo a cierto desdén, a una falta de entusiasmo o interés suficiente para estudiar las bases fundacionales de cada partido, las corrientes de pensamiento que guían a los actuales líderes.
En esos momentos pienso que mi actitud es, cuando menos, irresponsable, y que me deja fuera de toda queja ante la realidad que vivo y que no me satisface, por cierto.
Pienso que no militar en una corriente de pensamiento es una manera de aceptar en forma definitiva que las cosas nunca cambiarán, que seré un eterno espectador, un criticón de esos que señalan con el dedo y nada están dispuestos a dar de sí mismos para torcer el rumbo de la misma realidad que condenan.
Otras veces opto por pensar que nada de eso es importante para mí, y que por eso no me involucro, doy rienda suelta a mi egoísmo e intento concentrarme en disfrutar tanto como pueda los cinco minutos que pasaré por este mundo.


