
Anoche, más bien era ya la madrugada de hoy, me desperté sobresaltado escuchando a mi hija menor en un acceso de tos. No era como siempre, no es la primera vez que tiene tos por las noches, esta vez era diferente. Tosía en forma contínua, y se ahogaba, o al menos eso me pareció.
Yo dormía profundamente hasta ese momento, y me desperté violentamente, de un salto.
Afortunadamente, el momento pasó pronto y ella siguió durmiendo, sin ninguna dificultad, como si nada hubiese pasado.
Yo sufrí un bajón de presión, o algo por el estilo. Una insoportable sensación de náusea se apoderó de mí y tuve que correr al baño en la oscuridad de mi casa. Me miré al espejo, estaba pálido.
En ese momento, en medio de la confusión del sueño interrumpido abruptamente, sentí que mi hija podía morir, y que yo no podía hacer nada para evitarlo.
Y sentí que todo es nada. Que todo lo que poseo o ansío se desvanece en los momentos extremos. Sentí que en un segundo dejó de interesarme cambiar el auto, mudarme a una casa más grande, comprarme una netbook... todo se esfumó, perdió sentido.
Y me impresionó como algunas horas después, mientras escribo estas palabras aún golpeado por la falta de sueño y el susto, todo vuelve a acomodarse, lentamente.
Todo lo banal recupera su espacio, vanidad pura y absoluta.

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